jueves, 30 de junio de 2011

Abecedario.

Aprovéchame ahora. Arráncame este antojo atrevido y arrástrame a la adicción de tus besos, bésame a lo bestia y búscame con esa belleza continua que te concierne. Te cuento que en mi corazón, en mi cintura, en mi cráneo y en mi cama cabes tú con mil canciones, tus colores, tu conciencia culposa y tus caprichos, cada uno, para ser complacidos con mi cordura.


Debería decir que me duele y desajusta desearte con tanta dulzura. Debería dormir durante mi estadía para evitar esos encuentros que, en efecto, exterminan y me enajenan de mi escrupulosa educación emocional. Parece que me fatiga la forma en que, ferozmente, se fortalecen mis ganas de gritarte grotescamente que eres el ser más hermoso que me ha herido y que me hables con honestidad. Me intriga la indecisión en este idilio, lo insomne y lo inconstante, jodido por kilómetros que limitan tus labios de mis labios. Labios que lloran y lamentan tu latitud lejana.


Me encanta mirarte mientras me mata la manera minuciosa en que mueves las manos y yo me mantengo en nociva y necesaria neutralidad. Negociemos. Negociemos la osadía. Propongo un pacto de permisividad donde puedas perderte entre mis pecas y que, por la noche, me permitas ponerte de postre mis palabras.


Quiero que nos quejemos. Quiero que quieras quitarte esa ridícula rutina, que rompamos reglas, que me sonroje al saberte sincero, que sometamos a esta soledad a sentirse sola, que no soportemos la tentación de tenernos, tocarnos, de tomarnos tímidamente tu mano y mi mano, o que trates de tolerarme cuando tararee un tango. Usted que usurpó mi universo, déjeme vivirlo tras la vehemencia de un violín, y verter en sus venas vino y whisky, claro. Improvisa XXX y toca para mí mientras Yo yazgo yuxtapuesta, con zapatos rojos.


¿Cuántos besos caben en tu espalda?