Vengo acá a escribir que no sé cuál es el punto en que te das cuenta que amas sin más, pero tengo aferrados a la memoria algunos momentos bastante preci(o)sos.
Como cada vez que me hablas de ti y yo te escucho atenta. Y luego hablamos de la vida y las vueltas que da la misma, que a veces nos cuesta comprender. Y te digo tonterías mientras miro el cielo en tus ojos y tu sonrisa que es toda sol. Y todo es tan simple, tan fácil, y nos confiamos todo sin temor porque yo puedo también levantarte y empujarte cuando tú no puedas o no sepas cómo comenzar. Entonces descubrí que más que encantarme, me hiciste amarte. Y desde entonces se ha sentido bien.
O como aquella vez que reconocí que la magia nace en los momentos más simples y por eso ser feliz es tan sencillo. Yo acariciaba tu barba mientras tú mirabas absorto mis ojos. Y nos hablamos con la mirada, sin premura, aun cuando todo mi cuerpo quería abrazarse al tuyo para siempre. Y entonces decidí quedarme quieta, quietecita, mientras contemplaba tus ojos color del tiempo de cerca, muy cerquita. Y me besaste. Entonces descubrí que te amaba, así, sin más. Y desde entonces se ha sentido bien. Sencillamente bien.
O cuando me preguntas a dónde quiero ir y lo único que se me ocurre contestar es “contigo” a todo. ¿Qué quieres hacer?, ¿qué se te ocurre?, ¿para donde nos vamos?, ¿a qué hora? Y yo no pienso en ningún lugar, ninguna zona, ningún local o lo que sea; yo sólo pienso que contigo. Tal como cuando respondo que contigo prefiero mis días y mis noches, porque desde que comencé a amarte sin más, no tengo otro nombre que contestar. Y desde entonces se ha sentido bien. Sencillamente bien. Hermosamente bien.
O como todas las veces que me siento a escribirte. A veces lo hago para no extrañarte tanto, pero cuando lo hago te extraño como nunca. Porque me da por escribirte que amo tus pecas, tus manos, tu música, tu corazón, tu sonrisa, tus brazos, tus ojos, tu barba, tu hablar, tus labios, tu espalda, tus lunas, tus lunares, tu piel, tus monólogos internos que no sé, tus labios, tus ojos, tu nariz, tu manera de tomar, tu voz, tu piel, tu voz, tus lunares, tus pecas. Y desde entonces se ha sentido bien. Sencillamente bien. Hermosamente bien. Absurdamente bien.
No sé cuál es el punto exacto cuando te das cuenta que amas sin medida, pero tengo aferrados a la memoria algunos momentos bastante preci(o)sos porque tú. A veces nos decimos tanto y siento tanto, pero cuando no hablamos siento más. Y cuando te toco siento mucho más, y cuando te beso siento todo eso y más y más. Tanto que podría salirse por mis ojos. Por eso, mi amor, cada vez que sonrío, cada vez que te beso, cada vez que te sueño… los cierro.