domingo, 10 de noviembre de 2013

Say something.

 “De tanto y de nada, no te debo ni me debes nada, pero al mismo tiempo nos debemos demasiado.”

No ha existido nunca nadie, en la historia de la humanidad, que haya tardado tanto tiempo tratando de empezar a escribir algo. Sé que te dije que ya no escribo, pero hoy necesito hacerlo o explicar mi vencimiento ¿Me dejas escribirte una vez más? Últimamente me pasa que cuando te miro, me surgen unas ganas infinitas de abrazarte y no soltarte, no sin antes rayarte todas las páginas de todos tus cuadernos con todas las cosas que siempre quiero decirte. 

Yo no escribo tan bonito como tú dices. Yo no escribo así porque sé lo que está contenido detrás de lo que hago: digo la verdad, te cuido, te escucho, doy consejos moralmente incorrectos, huyo, vuelvo, digo verdades a la cara que parten al medio. Eso soy yo, soy yo queriendo, así de tanto como te quiero a ti. Creo que lo escribí una vez en este mismo lugar, cada cosa que te he escrito, cada vez, me ha hecho sentir como cuidando algo y eso es lo más abrumadoramente cerca que se puede estar de alguien. Que sé estar de alguien. Que sé estar de ti. Y no sé si alguna vez lo mencioné pero sentarme a escribirte, y a pensarte, y a extrañarte me ayuda a recordar por qué te esperé cada tarde y por qué te elegí cada noche.

En fin, seré breve.

Unos cuantos días después (porque a mí me cuesta asimilar el suceder de las cosas) me gustaría devolverte esa rareza de palabras compartidas que no esperaba, y contarte que I don’t care what they say he desistido y desistiré de la idea de odiarte. Que (para mí) amar, comprender y respetar pertenecen a la misma categoría emocional, no puedo hacer una vaina sin hacer la otra. Que te respete hace que pueda comprenderte, que te ame hace que tenga que respetarte. Que ahora te respeto el doble y te sonrío. Que eres el hombre contra quien mido a los demás y eso me hace mirarte con la misma bondad que el primer día. Que te entiendo, porque estando en tu lugar hubiese esperado de ti lo mismo que yo estoy haciendo ahora. Te entiendo porque te quise todo este tiempo, así que no te reprocho nada. Ni lo que me hubiese gustado de ti, ni lo que me hubiese gustado contigo. El “nosotros” que soñé, que hoy no pasa de ahí. Ese todo o nada, que no fue nada y a la vez todo. 

Que sí, que nos debemos un montón de vainas. Un café, el vino, un tango, escuchar rock de los 80 sentados en el sofá, y Armin, y Beethoven, Il Divo, Caramelos, Tchaikovsky y Arctic Monkeys. Quedarnos dormidos y despertar con olor a café y música de fondo. Alentar, contradecirnos, quedarnos a hablar por horas como antes. Yo sé que te debo eso de crearnos un país y aquello de ser tu sostén cuando la vida te doliera... 

Y ahora, dejando todo lo malo atrás, espero (ojalá) tú tengas todo. Un amor como mi amor inefable pero correspondido. Todas las ganas de besarte siempre y despacio. Todo el amor, de todas las formas que yo quise contigo y que nunca te dije. Todas las manos en todas las partículas elementales que te conforman y que casi nadie nota: tus manos, tus mejillas, tu espalda, tu cuello. Tragos de más, notas musicales. Todos los faroles de luz posibles cerquita de ti alumbrando todas tus madrugadas. (Otherwise, we can go where the light shines brightest...)

Yo me he rendido muchas veces, tantas como las que has hecho que vuelva a escribir(te), pero esta vez estoy, más bien, como doblando la bandera blanca impoluta y poniéndola en la esquinita de tu cama. Porque yo estoy en paz con esto y contigo desde hace mucho tiempo. Por eso y porque sé -o al menos espero- que algún día mirarás atrás, te reirás también y dejarás de tomarte todo tan en serio.

Te quiero, cielo. Te quiero y te voy a querer siempre.
Ro.