Nunca te dije que cuando te reías, te iluminabas y creo que, de ser posible, te hubiese fotografiado el alma en ese preci(o)so momento. Hubiese querido que ese fuese el último recuerdo cercano de ti y no este que lamentablemente guardo. Que a veces imaginaba cómo sería despertarme contigo o cómo el corazón se me paralizaría por un micro segundo cada vez que se te ocurriera conjugar un verbo en primera persona del plural.
Que me hubiese encantado ir contigo al teatro sin importarme no entender como tú la sinfónica, o que me acompañaras sin saber nada de ballet. Y escribirte mucho, muchísimo, y no tener que ordenar carpetas CADIVI. Y encontrarnos en alguna estación para darte un besito en la frente, un beso de buenosdías, de quetevayabien, de tequiero.
Nunca te dije que quería llenarte la vida de sonrisas, de besos y frases en el espejo empañado del baño y esconderte post-its entre las guías de fármaco para que los descubrieras antes del parcial. Que quería que te rieras de mis miedos absurdos y regalarte canciones que sé que nunca escucharías. Hacer cada 10 segundos un esfuerzo sobrehumano por no reírme de tus chistes y tratar de explicarte mis manías o que no soporto la política en exceso. Llamarte por las mañanas para que no te quedaras dormido y ayudarte a estudiar los fines de semana. Y que los domingos alentáramos siempre o desayunáramos juntos. O que cantáramos Cultura Profética juntos en la colita que siempre agarro en cota mil.
Y que tomáramos vino mientras me enseñabas mucho sobre Tchaikovsky y Beethoven. Dejar que me robaras cada post, cada sonrisa mirando el celular. Dejarte siempre una sorpresa en el bolsillo del suéter. El de rayas azules/grises. Mi favorito.
Nunca te lo dije pero amaba lo inteligente y dedicado que eres. Tus manos. El tono ronquito de tu voz. La barba que te dejabas. El hecho de que siempre estuvieses dispuesto a ponerle tu corazón a todo, a pedirle más a la vida. El perfume que te ponías. Tampoco te dije que siempre tenía ganas de abrazarte. De verte alcanzar esos sueños y metas que sé que tienes, y aplaudirte siempre. De ser tu sostén cuando la vida te doliera, tomar tu mano fuerte y darte un beso en la frente y que con eso bastara para que supieras que no estás solo como crees. Que estoy contigo. Que todo va a estar bien. Sobre todo que entendieras que eso de “todo va a estar bien” no significaba que nada empeoraría sino que, aunque sucediera, estaría contigo.
Y extrañar tu peso al otro lado de la cama cuando no estuvieses porque estarías de guardia. Morirme cuando sonrieras, desintegrarme cuando llorases. Y hacerle caso a Cortázar en aquello de “Si te caes te levanto, y si no, me acuesto contigo”. Que quería, un día cualquiera, confesarte que me aterra irme sola a Alemania y pedirte que te fueras conmigo. Pedirte que me acompañaras siempre, en el asiento de al lado de cada avión.
Y que necesitáramos estar juntos teniendo nada que contarnos, decirte la verdad siempre, poder leer los subtítulos que aparecen bajo cada mirada tuya, cuidarte de heridas y quitarte miedos, ser honesta porque es lo único que sé ser. Y que aún cuando supiera que todo se acabó, aferrarme diez minutos más, como lo hago ahora. Para no echarte de menos, o para olvidar que a veces lo hago de más.
Lo único que siempre te dije fue que quise, de alguna manera, lejos de esta, darte alguito del indescriptible amor que te…
…que te tuve.