viernes, 14 de diciembre de 2012

Nos faltó mucho por besarnos.


Nos faltó un mundo por recorrer,
nos faltó respirar un bosque juntos,
nos faltó volar por las alturas,
nos faltó mucho por besarnos…
Ahora eres sólo un recuerdo en mi pasado,
un tal vez que no tuvo espacio,
un suspiro inconcluso, una lágrima a medio nacer.
De verdad que nos faltó mucho por besarnos.

Nos faltó ir al cine de las manos tomados,
nos faltó agotarnos de tanto mirarnos,
nos faltó disfrutar de una cena juntos,
y de hecho nos faltó besarnos tanto…

Nos faltó ir al teatro juntos,
nos faltó en la playa darnos un baño,
nos faltó cumplirnos aquella promesa,
esa de besarnos siempre, 
sí que nos faltó besarnos.

Nos faltó cocinar una tarde juntos,
nos faltó salir de compras un rato,
nos faltó sacar al perro juntos.
Insisto, nos faltó eso de besarnos.

Nos faltó tiempo para esperarnos,
nos faltó un poco más para vivirnos,
nos faltó valentía para asumir
que siempre nos faltó mucho por besarnos.

lunes, 10 de septiembre de 2012

Breve.

Hola.

Acabo de encontrar entre mis archivos cuatro posts que escribí y nunca publiqué. Revisando y leyendo con detenimiento, el más reciente lo escribí a finales de mayo, días después de Indeleble. En ese, justo al final, te decía:

«Me gusta pensar, aunque nunca lo sabré, que estamos en paz con esto. Y si de imaginar tu presente se trata, me encanta pensar que estás bien, feliz, tranquilo, que me hiciste caso cuando te dije que creyeras en ti porque lo imposible sólo tarda un poquito más, que le estás echando bolas a lo que te gusta, que recuerdas el apodo y los posts y que sonríes muchísimo todos los días.»  

Todavía tengo flashbacks malísimos de ti (que espero olvidar con el tiempo) pero no me llevo nada malo del tiempo que compartí contigo, a pesar de que las cosas no terminaron como pude haber imaginado alguna vez. C'est la vie, mon amour. 

Ahora que sé que sí estamos en paz, me alegra saber que eso que imaginé genuinamente es verdad. 

Necesitaba decirtelo.
Cuídate mucho. Un beso gigante.

viernes, 18 de mayo de 2012

Indeleble.


Ese post cuenta cosas, dice, habla. Ese post me recuerda a la que fui en aquel momento, a la que quise ser y a la que soy ahora. Cuando tenía ganas de dormirme en las esquinas de su boca, le hablé de ciencias para hacerle cosquillas, sacarle sonrisas y recordarle que lo quería como Snape quería a Lily. Para hacer que su mundo fuese hermoso, deshilachar sonrisas de mis labios para enlazarlas a los suyos, agarrar su corazón, ponerle curitas y verle feliz. 

Ese post no era una carta de amor, a mí no me salen bien. Por eso no tenía más que hacer que enseñarle de matemáticas: ocho acostado es infinito. Cambiar de temática y ponerme a hablar de la perfección de su EYCL1 junto al cromosoma 19, de mis curvas y sus llanuras, de la sinfonía de sus pasos cuando llegaba, multiplicar sonrisas, simplificarnos esta vida fraccionada y dejar que el amor nos dividiera el dolor, del músculo cardíaco y de él entre sístole y diástole, de las líneas fronterizas, de mis lunares, del gas incoloro, inodoro e insípido de número atómico 8 y símbolo O que se metería a mi pulmón si a él se le ocurría venir. Y que ni do, ni re, ni fa, tenían sentido si no estaba él: mi sol

Ese post merece pasar a la historia como cualquier fotografía de Eisenstaedt. Sería yo sonriendo mientras miraba a un rostro ajeno, pero sintiéndome asquerosamente mal. Ahora lo sé: le sonreía porque quería hacerlo feliz, pero tenía ganas de correr. Ese mayo quería correr y vomitar las putas mariposas de mierda. Vomitar el dolor que días antes había intentado expulsar llorando. No son muchas las cosas que quedan de pie cuando ves a quien quieres enamorándose de otra persona. 

Hace un año, Mayo.18.2011, puse sobre la mesa la más tierna y torpe declaración de amor que alguien como yo pudiese escribir: El post más Arjona de todos. Lo recuerdo como una mezcla de confesiones desplegadas frente a esos ojos, que son los mismos que nunca voltearon a mirarme. La típica desgracia amorosa. 

Ese post me recuerda las cosas que más me duelen: el pasado, el amor negado, la rabia de aquel sábado por la tarde, poder escribirle sólo a él, el vacío, las explicaciones, el miedo, las ganas de tener su peso al otro lado de la cama y hacerle un gesto para que apagara la luz, las cosas de las que no me arrepiento y lo que tuve que ver por no haber desaparecido a tiempo. Ese post me recuerda cuanto le temo a las mariposas (las del estómago, principalmente), a mirar atrás, a la torpeza de enamorarme, a confundir lástima con ternura, a la soledad, a la oscuridad y a las promesas.

Ese post me recuerda cuánto se puede amar a alguien y todos los golpes que un cuerpo de 1,67cm puede aguantar. Ese post me recuerda las heridas y todo lo que tuve que hacer para volverme a abrazar. Para no volver a verlo nunca y encontrarlo un día en una fotografía, alentando. Para arreglar una maleta, descalza, con el delineador corrido y una canción. Para tener una vida lejos, sin él, con Boston, con Caracas, sin él ¿Qué más da? Para construir muros con las piedras recibidas y dejar de seguir tras alguien que quería así, tanto, tan en francés, cuando él no me quería ni en alemán, ni en latín. Para poder estar lejos y en paz y caminar en paz y vivir en paz y dormir en paz. 

Ese post ha de repetirse algún día y ha de ser quimérico, como cualquier fotografía de Eisenstaedt. Seré yo con la misma sonrisa, pero sin ganas de correr. Después de todo, uno recibe balas y flores en el mismo corazón. C'est la vie.

La gente no cambia con los años, cambia con los daños.

miércoles, 18 de abril de 2012

Doc1

Cuando ella se pone triste escucha Hero de Regina Spektor. En repeat. La escucha y la vuelve a escuchar. Una y otra vez. Abre un documento de Word y se queda mirando el cursor. Lo mira un rato largo. Tan largo como escuchar once veces Hero. Play. Una vez más. Play. Entonces empieza a desvanecerse. Se resbala, se desliza por la silla. Despacio, lento. Sus pies se suspenden sobre el piso frío. Hasta que se cansa y se endereza. Mira la pantalla, de frente. Play. Y el cursor titila. Play. Y el documento sigue en blanco.

Deja el computador y se acuesta en su sofá. Hace espacio entre los cojines, se acomoda entre ellos y cierra los ojos. Sin hacer ruido, pensando en cuanto quiere que él la encuentre. Pensando que si él no la encuentra, será el fin. El fin, sí. Pensando que tiene miedo. No, wait, que dejó la ventana abierta y que tiene miedo. Porque si por casualidad entra una mariposa por la ventana antes de que él la encuentre… también será el fin. Por eso necesito que te apures, mira que los sofás son cómodos y siempre que levantes los cojines te puedes encontrar algo bajo ellos. Por ejemplo: a ella. Play. Y el cursor se ríe. Play. Y el documento sigue en blanco. Play. Y dejé las ventanas abiertas. Play. Play. Treinta y seis minutos cuarenta y un segundos y el documento sigue en blanco. Play.

miércoles, 29 de febrero de 2012

Cuba Libre.

Una vez quise crearnos un país, para ahorrarnos la molestia de hacer maletas, tramitar pasaportes y carpetas CADIVI. Nunca te lo dije porque ese país no estaba bien establecido y me apenaba enormemente no poder ofrecerte mucho más, algo más; pero así son los comienzos, suelen ser un poco inseguros, o inestables, creo yo.

Ese país, nuestro país, era pequeño, tanto que no llegaría a ser reconocido por la ONU o una de esas organizaciones arrechísimas, y sólo contaría con 2 –se lee, tú y yo- habitantes, porque no nos haría falta la presencia de nadie más. Geográficamente limitaría al norte con mi amor grande y bonito, al sur con tu sonrisa adorable y la capital estaría ubicada oficialmente en el Olímpico… porque sí, pues. Decidí que ese país, nuestro país, no tendría mar, porque yo no sé nadar y porque el curso del agua salada de las lágrimas sería un delito contra la seguridad nacional.

El Himno Nacional sería versátil, pues oscilaría entre tus notas de violín que tanto adoraba escuchar y las canciones de esas bandas “raritas” que yo siempre escucho y que tanto disfruto. Por eso, tiranamente, nombraría a mi Ipod como Patrimonio Cultural. Y ya. El mapa nunca pude dibujarlo porque, si bien adoro dibujar, nunca pude aprenderme de memoria el mapa de tu piel, ni que unieras mis lunares para descubrir formas extrañas.

Nuestro clima sería fenomenal, nada londinense. Allí, en nuestro país, lloverían los besos y los sentimientos bonitos, la temperatura aumentaría cada vez que tú lo dispusieras y el viento me ayudaría a susurrarte al oído cosas como “I Flamingo You”. Harías verano en mis mejillas y siempre, por el este, saldría el sol junto al arco-que bordea tu-iris.

El Idioma Oficial de nuestro país representaba un dilema garrafal ya que existía gran contradicción entre los habitantes, siendo tú políglota y yo manejando un nivel de comunicación basado en sinceridad infinita. Por eso decidí que nuestro idioma oficial serían los posts cursis y el desarrollo incesante de un papiamento libidinoso. De todas formas, siempre pensé que lo que dijeran tus ojos debería ser el único lenguaje a respetar.

Nuestro sistema monetario constaría de besos, abrazos, cosquillas en la espalda y mordiscos, por lo que gozaríamos de una estructura económica productiva y feliz, al menos desde esta parte de la población. Para dormir tranquilos contaríamos el uno con el otro en vez de contar ovejas. Los ingredientes secretos de nuestro Plato Típico hubiesen sido dos pizcas de ganas y cuatro cucharaditas de besos. Y como ningún país respetable está completo sin un Símbolo Patrio, decidí que Rojo con Negro serían los colores de la vida a los cuales rendiríamos eterna adoración.

Una vez quise crearnos un país, y me di cuenta demasiado tarde de lo hijo de puta que son los exilios voluntarios.

Las despedidas, sin despedida, saben a limón.

viernes, 20 de enero de 2012

B 612.

Si miras al cielo y te fijas bien, verás que allí arriba está mi asteroide.

Debajo de él están las estrellas. Estrellas que pestañean y pican el ojo de vez en cuando por puro coqueteo cuando se fijan que alguien sube la mirada, y pasan noches y noches exponiendo su parpadeo infinito… Hasta que a la luna le da por hacer acto de presencia y les roba el show con su carita plateada y su aspecto abrazable.

Debajo de las estrellas y la luna, está el planeta. Planeta cuya capa de ozono está tan agujereada que achicharra a cualquier mortal que va a la playa a comer empanadas de cazón, comprar bisutería hippie y fracasar intentando huir de las frías y rebeldes olas del mar.

Debajo de la capa de ozono están las nubes. Nubes planas y esponjositas. Grandes y chiquitas. Con las formas que gusten, porque es sabroso acostarse a ver lo que dibujan en el cielo, flotando de aquí para allá, tropiezan y se unen, inconscientes al hecho de que algunas tienen la misma forma que un elefante o la de una guitarra.

Debajo de las nubes, están los aviones. Los de verdad, que prefieren no caerse. Los de papel plegado. Los primeros inventados por el hombre y los segundos producto de mis largas horas de tutoriales en Youtube junto a mi deseo inconfeso de enviar(te) mensajes entre cada pliegue.

Debajo de los aviones están las ciudades. Ciudades con calles de concreto llenas de gente, algunas humildes, otras románticas, orgullosas o presumidas, viviendo como quieren. Algunas veces, entre esos millares de personas, reconozco mi cuerpo compuesto de vacío, piel y órganos, viajando sentada en un asiento tras un conductor, soñando despierta, escuchando esa canción, y pensando sin pensar en las veces que dijiste que dejara de ser tan débil, con “coño” incluido. O que aprendiera a “ser madura”, o cómo reconociste ser “un idiota al que le importa el físico”. Y pensando, también, en las heridas abiertas que me quedaron y tuve que suturar sin anestesia, con mucho rock y bastante malevolencia para dejar de ser “débil” como alguna vez me consideraste.

Y por último, debajo de las personas y sus calles, está la tierra. Tierra fría y húmeda. Un poco más profundo, dejando atrás las raíces de los árboles y los gusanos, muy cerca al núcleo de la tierra encontrarás enterradas mi paciencia y mis sentimientos bonitos, junto a la Ro estúpida que tenía ganas de cambiar el mundo entero por los dos.

Si miras al cielo y te fijas bien, verás que allí arriba está mi asteroide… y no sé si maldecir o celebrar el día en que me caí de él.



Pain changes people, dicen.