viernes, 18 de mayo de 2012

Indeleble.


Ese post cuenta cosas, dice, habla. Ese post me recuerda a la que fui en aquel momento, a la que quise ser y a la que soy ahora. Cuando tenía ganas de dormirme en las esquinas de su boca, le hablé de ciencias para hacerle cosquillas, sacarle sonrisas y recordarle que lo quería como Snape quería a Lily. Para hacer que su mundo fuese hermoso, deshilachar sonrisas de mis labios para enlazarlas a los suyos, agarrar su corazón, ponerle curitas y verle feliz. 

Ese post no era una carta de amor, a mí no me salen bien. Por eso no tenía más que hacer que enseñarle de matemáticas: ocho acostado es infinito. Cambiar de temática y ponerme a hablar de la perfección de su EYCL1 junto al cromosoma 19, de mis curvas y sus llanuras, de la sinfonía de sus pasos cuando llegaba, multiplicar sonrisas, simplificarnos esta vida fraccionada y dejar que el amor nos dividiera el dolor, del músculo cardíaco y de él entre sístole y diástole, de las líneas fronterizas, de mis lunares, del gas incoloro, inodoro e insípido de número atómico 8 y símbolo O que se metería a mi pulmón si a él se le ocurría venir. Y que ni do, ni re, ni fa, tenían sentido si no estaba él: mi sol

Ese post merece pasar a la historia como cualquier fotografía de Eisenstaedt. Sería yo sonriendo mientras miraba a un rostro ajeno, pero sintiéndome asquerosamente mal. Ahora lo sé: le sonreía porque quería hacerlo feliz, pero tenía ganas de correr. Ese mayo quería correr y vomitar las putas mariposas de mierda. Vomitar el dolor que días antes había intentado expulsar llorando. No son muchas las cosas que quedan de pie cuando ves a quien quieres enamorándose de otra persona. 

Hace un año, Mayo.18.2011, puse sobre la mesa la más tierna y torpe declaración de amor que alguien como yo pudiese escribir: El post más Arjona de todos. Lo recuerdo como una mezcla de confesiones desplegadas frente a esos ojos, que son los mismos que nunca voltearon a mirarme. La típica desgracia amorosa. 

Ese post me recuerda las cosas que más me duelen: el pasado, el amor negado, la rabia de aquel sábado por la tarde, poder escribirle sólo a él, el vacío, las explicaciones, el miedo, las ganas de tener su peso al otro lado de la cama y hacerle un gesto para que apagara la luz, las cosas de las que no me arrepiento y lo que tuve que ver por no haber desaparecido a tiempo. Ese post me recuerda cuanto le temo a las mariposas (las del estómago, principalmente), a mirar atrás, a la torpeza de enamorarme, a confundir lástima con ternura, a la soledad, a la oscuridad y a las promesas.

Ese post me recuerda cuánto se puede amar a alguien y todos los golpes que un cuerpo de 1,67cm puede aguantar. Ese post me recuerda las heridas y todo lo que tuve que hacer para volverme a abrazar. Para no volver a verlo nunca y encontrarlo un día en una fotografía, alentando. Para arreglar una maleta, descalza, con el delineador corrido y una canción. Para tener una vida lejos, sin él, con Boston, con Caracas, sin él ¿Qué más da? Para construir muros con las piedras recibidas y dejar de seguir tras alguien que quería así, tanto, tan en francés, cuando él no me quería ni en alemán, ni en latín. Para poder estar lejos y en paz y caminar en paz y vivir en paz y dormir en paz. 

Ese post ha de repetirse algún día y ha de ser quimérico, como cualquier fotografía de Eisenstaedt. Seré yo con la misma sonrisa, pero sin ganas de correr. Después de todo, uno recibe balas y flores en el mismo corazón. C'est la vie.

La gente no cambia con los años, cambia con los daños.

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