Retrouvaille:
(n.) the joy of meeting or finding someone again after a long separation; rediscovery.
Algo que nunca iba a olvidar era su cara, porque me enloquecía. Era pálido, hermoso, lleno de pecas y lunares. Un montón de circulitos chiquiticos pegaditos unos a otros. O al menos así lo recordaba yo: su cabello, un mohicano catirísimo. Los ojos, dos pelotitas blancas con dos pelotitas marrones/verdes con dos pelotitas negras. La nariz, una línea curva. Puntico, puntico, puntico, que eran los lunares. Un muchachito blanquito con la barba y los ojos más hermosos que he visto en mi vida. Yo no sé si él me recordaba a mí o, si lo hacía, cómo.
Frank, con K al final, era el hombre de mi vida. Un hombrecito adicto al trance, al quirófano, a New York y a Beethoven porque así es él, único. De eso me enamoré una vez. Me enamoré del nombre, del hombre que llevaba el nombre y de sus rarezas que son, resumiendo, lo más dulce. Hijos como somos del demostrar y no hablar, Frank me propuso “un vinito y Armin”, donde “un vinito” pasó a ser un vodka y “Armin” fue… Armin. Un invento suyo en un día en el que estaba triste y yo quería internarle las manos en ambas mangas del sweater y tocarlo y abrazarlo y decirle que todo estará bien.
Volví a ver a Frank, 3 años después. Un sábado de enero, una de esas tardes memorables en las que un vodka sabe a sonreír con lo simple de hablar tan sólo con la mirada. A él le gustaba verme a los ojos mientras yo hacia un recorrido que no quería que terminara: ojos-mejillas-barba; ojos-mejillas-barba. Una y otra vez. Dos minutos, tres minutos, cinco minutos. Ahora entiendo que, si en ese momento se acabó el gig y nos quedamos mirándonos en silencio, fue pura magia.
Él era el hombre de mi vida, el mismo que hace mucho me rompió el corazón sin piedad, sin miramientos. Que me quebró y se perdió de mi amor por puro gusto. 3 años después lo perdoné, porque le perdono todo. Por eso y porque creo que un día, quizás, volvemos a vernos, nos besamos, nos miramos a los ojos, nos hacemos invisibles.
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