Ella guardaba el amor en botellas de vino. Iba al supermercado y lo primero que recorría era el pasillo de vinos y bebidas. Desfilaba por minutos frente al estante admirando las botellas, sus etiquetas. Cuando veía que alguien se acercaba al pasillo sacaba el celular enseguida y se hacía la loca. Y entonces, cuando estaba sola otra vez, agarraba una botella para notar su matiz, escogía algunas y pagaba en efectivo. Llegaba a su casa, ponía el vino a enfriar, tomaba una copa, descorchaba la botella, apreciaba el aroma y servía el vino. Esa era una de sus mejores rarezas, una cosa de minutos sentada en su sofá, descalza con una buena canción. De esas que uno se aprende de memoria en 2 días. De esas que se vuelven parte de uno, de a poco y con poco.
Pero un día, sin saber cómo ni por qué, la botella se rompió y el vino que más amaba se derramó por el suelo. Le inundó la sala, la cocina, el cuarto. Le sumergió los cuadernos, los tacos de post-its, la agenda, la ropa organizada por color, el estuche de lentes, el bolsito de maquillaje. Le empapó los zapatos, las piernas, el par de lunares al lado del ombligo. Se ahondó en el jean roto, en la blusa que llevaba puesta, en el collar, en el sostén. Le entró por la boca, por la nariz, por las orejas, por los ojos. Y desde ese momento, desde ese injusto momento, se le quedó impregnado como un perfume. La botella (su corazón, integro) se perdió entre la marea de vino. Y el vino (su amor, enterito) se le quedó pegado en la piel. En la piel, como ese poco de recuerdos que no se le caen. No se le caen, ni se le limpian. No se le limpian, ni se le ensucian. No se le pueden ensuciar más.
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